“Aquí estaba.
Sospechoso de un asesinato.
Acababa de soltar a
unas cuantas prostitutas –un grupo de chicas que recogimos de nightclubs. Como
subcapitán era mi trabajo mantener las calles limpias, pero no preví las
consecuencias y muchos se vieron perjudicados. Sin la industria del sexo el
negocio del entretenimiento recibió un duro golpe; y si sufre la industria del
entretenimiento son malas noticias para los hoteles; con hoteles medio vacíos
poca gente sale de noche y los taxistas tienen menos pasajeros y giran
alrededor como fantasmas enojados golpeando sus volantes e insultando a las
autoridades. Toda la ciudad se alborotó. Los policías de tránsito no podían
hacer multas; el ministro de industria y comercio no percibía sus honorarios;
al ente recaudador no le pagaban los impuestos. Los beneficios económicos se
derrumbaban, los jefes estaban muy enojados. “
----------------------------------------------------------------------------------------------------------
Este es un párrafo de
“Amo a mi madre”, la última novela de Chen Xiwo, uno de los escritores chinos
más interesantes de la actualidad. Publicada en Taiwán y Hong Kong, “Amo a mi madre”
está prohibida en el resto de China, donde sí fueron publicadas algunas de las
obras anteriores de Chen, un prestigioso profesor universitario. Reproducimos a
continuación una conferencia de Chen sobre la censura en el Club de
Corresponsales Extranjeros de Hong Kong.
Mi padre sobrevivió a la Revolución Cultural
(1966/1976). No fue un rebelde revolucionario. Pertenecía a la “camarilla que
protegía al emperador”. Esto no significa que protegía a Mao Zedong, sino a los
líderes que estaban en el poder en ese momento (el Presidente Liu Shaoqi, líder
revolucionario moderado, fue encarcelado por Mao y murió en su celda unos meses
más tarde), esto significa que él defendía el status quo. La fracción rebelde
lo persiguió sin descanso. Vi muy poco a mi padre en esa época.
No era de ninguna
manera un conservador, aunque decidió no estar del lado de los rebeldes. Se
encontró en la más cruel de las dinastías de la historia china, aquella en la
cual no tenías la libertad de ignorar la política. Habiendo vivido en la era en
que cualquier elección sería finalmente equivocada, mi padre aún hoy vive con
miedo. Por suerte, hoy en día una persona puede evitar la política y
sobrevivir. La primera vez que mi padre vio mis trabajos publicados se asustó
tanto que no conseguía dormir. Unos años antes, me dijo, yo hubiera sido
etiquetado de derechista contrarrevolucionario. Pero los derechistas de los
años 50 nunca fueron contrarrevolucionarios. Apoyaron fervientemente al partido
y querían lo mejor para éste.
A sus ojos, lo que estoy haciendo es incomprensible. Él se
oponía a que yo escribiera y de hecho por muchos años no fui capaz de publicar
nada. Empecé a escribir en los 80 pero era incapaz de hacerlo en el estilo
“cantar alabanzas y ensalzar la virtud” que el gobierno deseaba. El
requerimiento era que aún cuando apareciera un mal funcionario, no podía
tratarse de un jefe sino sólo de un subalterno. Y, por supuesto, tendría un
final feliz. Una vez me pidieron reescribir una historia y me negué. Por veinte
años casi no pude publicar. Cuando me publicaban, era siempre después de
cambios y cortes. Al día de hoy, todos mis trabajos han sido alterados. Algunos
igual fueron prohibidos y cuatro de mis libros siguen prohibidos.
Mis editores también están nerviosos. Una vez le pregunté al
editor de una revista literaria ¿existe alguna reglamentación que determine qué
puede y no puede ser escrito? Su respuesta fue que “a veces existe, pero la
mayoría de las veces no”. Los editores tienen que ejercitar su propio juicio.
Primero hacen una revisión interna y después de la publicación le toca el turno
a los censores –sí, China tiene censores. Para evitar problemas, los editores
hacen una revisión muy exhaustiva. Es una poderosa amenaza invisible.
Frecuentemente mi blog es extirpado. Supongo que existe un
filtro para “palabras sensibles”. Le digo a mi editor on-line: sólo dime cuáles
son las palabras sensibles y yo las evito. Él me responde que además del
filtro, para gente como yo hay personas especialmente designadas para revisar
todo el artículo. Y pueden cortarlo aunque no contenga palabras sensibles. El
presidente de la Asociación
de Escritores Chinos, Tie Ning, proclama al mundo que China no tiene un sistema
de censura. Entonces ¿cómo es que ocurren estas cosas?
Mi experiencia de 2007 es otra cachetada en la cara al
presidente de la Asociación
de Escritores. El Libro de las Ofensas
fue publicado ese año en Taiwán. Las copias que me enviaron fueron retenidas
por la aduana. El argumento fue que el libro contenía lo que se conoce ahora en
inglés como I Love My Mum. Yo
protesté e inicié un juicio.
Déjenme volver a mi padre. Cuando se enteró pensó que yo me
había vuelto loco. Innumerables libros han sido prohibidos desde 1949, incluso Irritación, mi novela de 2006. Fueron
pocos los que pusieron objeciones, incluyéndome a mí. Nunca hubo discusiones y
puedes considerarte feliz de no haber sido exterminado. Y entonces vengo yo a
iniciar un juicio. Todos pensaron que me estaba buscando problemas.
Los funcionarios que prohibieron mi libro no entendían qué
me proponía. Un oficial de aduana me gritó: “no juegues con tu suerte. Somos
considerados contigo porque eres escritor y profesor universitario”. Un
supervisor jefe me dijo: “esta es la manera en que hacemos las cosas. No te
pongas pesado, es inútil”. Le contesté: “el que siempre hayan hecho las cosas
así no significa que estén bien hechas. Así que es inútil, veremos a ver qué
pasa”.
Ellos dicen esas cosas porque realmente pueden prevenirme de
tomar acciones. Por ejemplo, el departamento de propaganda del partido instruyó
a los medios no reportar mi caso. Además, la corte decidió que el caso envolvía
secretos de Estado por lo que no se permitió el acceso al público ni a las
cámaras. En la audiencia le pregunté a la gente de Aduana por qué habían
confiscado mi libro, nunca me lo habían dicho. Me pareció que el juzgado era un
lugar propicio para que analizáramos los hechos. Me respondieron: “Ese es un
secreto de Estado que no podemos revelarte”. “Se lo diremos a los jueces”.
Entonces le pregunté a los jueces: ¿por qué ellos confiscaron mi libro? Me
respondieron: “es un secreto de Estado, no podemos decírtelo. Eso significaba
que la etapa de las pruebas llegaba hasta ahí. Entonces dije: Si es un secreto
de Estado, como ustedes claman; de acuerdo a la Ley de Secretos de Estado debe haber una
clasificación del nivel del secreto, el rango y el vencimiento en la
imposibilidad de ser informado sobre estos temas. Nadie fue capaz de
responderme, Pero aún así se decidió que perdí mi caso. Apelé a un tribunal
superior sin resultado. Me sentí como si me hubieran matado. Escribí al
Congreso Nacional del Pueblo y no recibí respuesta.
Si la gente que está en el poder es toda así, podrían haber
rechazado mi presentación de una vez. Lo extraño es que la aceptaron.
Obviamente son dictadores que quieren enmascararse con la
Ley. En China constantemente los oímos hablar
sobre el estado de derecho. El haberme permitido recurrir a procedimientos
legales era obviamente una puesta en escena. ¿Por qué insistían en esta farsa?
Es interesante que aunque no me revelaron la razón de la
prohibición, el caso fue resuelto. “Se trata de un secreto de Estado”. Pero
¿quién decidió que se trataba de un secreto de Estado? No me dirían qué brazo
del gobierno lo había decretado, sólo que fueron las “autoridades relevantes”,
las cuales a su vez eran también secreto de Estado. Luego averigüé por medio de
discretas intrigas, que la autoridad relevante es la más secreta de todas. Me
informaron que los que hicieron la
Ley de Secretos de Estado ordenaron a la Aduana no revelar sus
identidades. Los funcionarios de Aduana también se quejaban de injusticia.
Subieron al estrado amordazados.
Podemos ver que aunque estamos tratando con una dictadura,
ésta se ha vuelto frágil. El mundo está sufriendo cambios sorprendentes –ve con
la corriente y prospera, ve en contra y quémate- y China no puede ser la
excepción. Los líderes chinos saben esto y por eso la autoridad relevante tiene
miedo de dar la cara.
Así que el tribunal se prestó a la farsa, y el departamento
de propaganda prohibió a los medios reportar el caso. Y la agencia responsable
por prohibir libros no se atreve a rebelar la razón de la prohibición. En
realidad, algo dijeron. Inicialmente hablaron del contenido sexual. Pero ¿es
esa una razón para prohibir un libro? Todo el mundo sabe que China es
actualmente el país sexualmente más abierto del mundo. El sexo está en todas
partes y las publicaciones con contenido sexual son legales y se venden sin
restricciones. Cada tanto el gobierno lanza una campaña contra la pornografía y
las publicaciones ilegales. Pornografía es el pretexto, el objetivo son las
publicaciones ilegales. Estas publicaciones ilegales están invariablemente relacionadas
con la política y los libros prohibidos contienen ideas disidentes. La campaña
contra la pornografía se ha convertido en una herramienta para oprimir
disidentes.
En realidad, lo que más les ha molestado de Amo a mi madre es la parte en la que se
dice que la prostitución es la fuerza motora en algunas economías locales. Esto
es como decir que el modelo chino es, muchas veces, una economía de
prostitución. Todo lo que necesitas es dinero. Desde lo más bajo a lo más alto,
repleto de corruptos.
Las autoridades alientan esta situación; la gente está
preocupada por el dinero y no tiene que pensar en la justicia social. Esta es
la “sociedad armoniosa” que tanto clama el gobierno. Pero si la corrupción
atenta contra su dominio, esto no puede ser tolerado, y entonces se ven
obligados a mentir con la excusa de los secretos de Estado.
Durante el juicio, el oficial de Aduana que confiscó mi
libro me sonreía. Incluso al final intentó saludarme. Me hizo recordar algo que
recién había pasado: tres internautas que se habían quejado de otro fueron
acusados de calumniar. En la audiencia, el tribunal fue colmado por oficiales
por lo que el público no pudo acceder. Los oficiales sonreían al público que se
mantenía a las puertas del juzgado. Decían subrepticiamente: “entiéndanos,
estamos defendiendo nuestros trabajos, no tenemos opción”.
Hoy en día en China nadie está dispuesto a arruinar su
reputación personal defendiendo al sistema y todo el mundo está harto de él. De
hecho los funcionarios se quejan más que los ciudadanos comunes. Activamente
declaran que ellos no son responsables sino víctimas. Tienen la esperanza de
que llegue el día en que se les permitirá aclarar que fueron forzados a hacer
cosas en contra de su voluntad y poder evadir responsabilidad legal. Pero no
pueden evadirla. En mi caso, si yo hubiera tenido alguien con influencias o
dinero para pagar coimas, hubieran sido más indulgentes conmigo. En realidad no
están preocupados en sutilezas legales. Se cagan en la ley y las reglas. Sólo
consideran sus propios intereses.
No puedo jugar ese juego porque no tengo conexiones ni
dinero y además no quiero jugarlo. Entonces ellos me tratan según la ley.
Pueden abandonar principios por sus propios intereses, pero no abandonar sus
intereses por la justicia o el progreso social. Así que son culpables. Incluso
en los más altos niveles nadie se hace cargo del sistema; ni hablar de lo que
hicieron nuestros líderes en el pasado. Por ejemplo, nadie se atreve a tocar el
tema del 4 de junio (la masacre de Tiananmen). Como nuestros líderes no quieren
enredarse en cosas pasadas, es necesaria la presión pública. Desafortunadamente
no es el momento, sólo se evade la responsabilidad.
La fuerza que nos guíe debiera ser la de los intelectuales,
incluyendo a los escritores. Pero ¿cuál es la situación de los intelectuales y
los escritores? Cuando Liu Xiaobo fue sentenciado, Cui Weiping hizo una
encuesta telefónica entre intelectuales y la respuesta de muchos escritores fue
vergonzosa. Muchos escritores han sufrido la censura. Cuando mi Libro de las Ofensas fue prohibido, y
protesté contra la censura, una revista de Pekín les preguntó a varios escritores
su opinión. Excepto Yan Lianke, nadie fue capaz de decir nada. ¿Son inocentes o
culpables?
No somos incapaces, simplemente no actuamos. La resistencia
influiría en las autoridades. Pero si no luchas, las autoridades no harán
ningún cambio. No podemos esperar por ellos, debemos pelear por nuestros
derechos. Está claro que el movimiento de derechos humanos está empujando al
gobierno. Aunque no puedo ser optimista y no puedo garantizar que puedo
mantenerme lejos de la cárcel. Pero si me encarcelan, los tiempos han cambiado.
Es el momento de dar y tomar.
Por supuesto, este nuevo juego tiene sus reglas. Las reglas
son el sistema legal. Soy conciente de que la gente que maneja la ley es buena
en sus trucos. Cuando nosotros usemos la ley, recurrirán a la provocación. Y si
respondemos a las provocaciones recurrirán a acciones legales. Pero si usamos
la ley tendrán que dar la cara ante la opinión pública. Y si la gente está
observando, los que dictaminan la ley no podrán ser totalmente inescrupulosos
por miedo a la opinión pública. China está en una situación explosiva y el
gobierno está preocupado.
He oído que ellos ya se arrepienten. Lamentan haber
confiscado mi paquete de libros. A un estudiante de la Universidad de Chicago
que entrevistó a la gente de Aduana, le dijeron que si el paquete hubiera
llegado a la universidad probablemente habría pasado sin problemas. Ellos
parecen no haber olvidado mi nombre porque un poco después, las pruebas
francesas de mi libro Irritación me
llegaron sin haber sido tocadas. Este es el poder de la opinión pública. Y este
poder está también en sus manos.